Una fiesta muy particular

(Article publicat al Diario de Teruel, el 18 de gener del 2008, a la columna d’OPINIÓ)
JOSÉ MIGUEL GRÀCIA*

La actualidad anda sobrada de temas para escribir un artículo, tan largo como uno quisiera: personajes que caen de las listas electorales, otros que suben, las bolsas andan revueltas y a la baja, los precios de la vivienda se estabilizan o bajan, se atisban amenazas sobre el crecimiento económico, la guerra incivil de Irak sigue, en Líbano y Palestina empeoran increíblemente las cosas, se ha casado Sarkozy, los pantanos están medio vacíos, el calentamiento global, se ha retirado la poética letra del himno nacional, etc., etc. Y miren por donde a mi, hoy, me da por otro tema. Voy directo a ello.
Escribir en el Diario de Teruel sobre los festejos taurinos en su sentido más amplio, cuando la ciudad tiene por uno de sus símbolos a “El Torico”, “La Vaquilla” como una de sus fiestas y un buen número de entendidos aficionados a los toros, y además, no hacerlo en tono laudatorio y autocomplaciente, se acerca mucho a la imprudencia temeraria. Pese a lo cual, como el que escribe se siente libre para decir lo que piensa y el medio en que lo hace demuestra cada día su apertura a todo tipo de opiniones expresadas educadamente, aquí van las mías referidas a los festejos taurinos de España en general.
Recientemente he leído que el total de subvenciones públicas que reciben las fiestas y actividades relacionadas con los toros asciende a 564 millones de euros, o lo que es lo mismo, que cada familia española contribuye con 47 euros. ¿Qué quieren que les diga?: no me parece nada bien. La lista de necesidades más sociales o más populares sería interminable.
No voy a explicarles mi trayectoria intelectual respecto a la fiesta de los toros. Lo que pienso ahora mismo es lo que importa. Sin situarme en el drástico posicionamiento de los antitaurinos, protectores de animales, pienso que son espectáculos poco edificantes por mucho arte y diversión que se les atribuya. Por supuesto que no pretendo su prohibición, aunque tampoco me molesta que alguien la defienda. Todo es cuestión de mayorías.
A mi modo de ver son espectáculos que el paso del tiempo los va desplazando hacia lo pasado de moda por su atavismo o, tal vez (disculpen, no me sale otra palabra más ligera) por su cutrez intrínseca, ataviada de oro, plata, blanco o grana. Se habla de valor, cuando el protagonista manifiesta tendencias suicidas. Se habla de arte, cuando la sangre es de verdad y no pintura roja para una “hapening”. Sinceramente, y que me perdonen los aficionados, los pocos instantes de la fiesta que veo por televisión, me aburren. Hasta las imágenes de varones enganchados a enormes habanos, pertenecen al siglo pasado.
No seré yo quien pida su prohibición, ni total, ni siquiera de alguno de sus tercios, ahora bien, insto a las autoridades competentes a que destinen los importes de las subvenciones de los festejos taurinos, a otros fines más sociales, más culturales o más generales.
Respecto a los encierros, vaquillas, toros embolados, toros ensogados etc., reflexiónese fríamente a la hora de programarlos en las fiestas patronales. Podría hablar de los accidentes mortales que se producen y alguien mentaría la demagogia.
Solamente una cosa más para acabar: dejemos de apelar a la impropia denominación de “fiesta nacional” para referirnos a las corridas, nombrémoslas como “fiestas particulares”, muy particulares. No son estos momentos especialmente adecuados para que, del concepto nación, derivemos adjetivos calificativos tan poco apropiados para lo que dicen calificar.
Sé que “El Torico” no me lo tendrá en cuenta, ahora está muy entretenido con las luces que pintan la plaza por la noche.

*Economista

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