Quo vadis Europa

Aquest article ha estat publicat avui a la secció d’Opinió del Diario de Teruel.

“Quo vadis Europa

JOSE MIGUEL GRACIA *

Las recientes elecciones europeas se han caracterizado, sobre todo, por haber sido ganadas por el partido de la abstención en todos los países, con algunas ligeras diferencias. Los que fueron a votar lo hicieron más por los partidos de la derecha y ultraderecha, los más proclives al euroescepticismo y más responsables de la ideología que nos ha llevado, sin demasiada oposición de los partidos socialdemócratas y de izquierdas, hacia la crisis de confianza actual. La mano invisible del mercado nos ha aproximado al caos. En España, pero también en algún otro país, para votar a la derecha basta con taparse la nariz a la hora de introducir la papeleta en la urna. Por lo general las elecciones se presentaron como primarias de cada país y lo de Europa era la excusa: tan sólo una palabra en la convocatoria. Solo un reparto generalizado de culpas, nos acercará a la verdad.

Quisiera ir yo un poco más allá y reflexionar sobre el por qué del poco interés que despierta el Parlamento Europeo, a pesar de que de él emana un porcentaje muy elevado de leyes o directivas que nos afectan a todos los ciudadanos de la Unión Europea. Lo más fácil es culpar a la clase política europea de la desafección de la ciudadanía, con lo que el resto de ciudadanos quedamos libres de culpa. No nos vendría mal hacer un reparto de culpas o tratar de encontrar otras causas más o menos evidentes. La serenidad y racionalidad del Tratado de Roma (1957), la euforia de la primera ampliación (1973) y la de las posteriores (1981, 1986) se han difuminado demasiado. La no aprobada Constitución Europea del 2004 se convirtió en el escuálido Tratado de Lisboa del 2007.

¿Qué hay detrás de este proceso de ampliación (27 miembros) y a la vez de pérdida de interés por una mayor integración? Sencillamente, los estados no quieren perder poder político formal en favor de un verdadero Parlamento Europeo, del cual habría de surgir el Gobierno de Europa, sustituyendo la Comisión Europea, pantomima de un verdadero gobierno. Los partidos políticos de los estados solamente piensan en términos del propio país, a pesar de que su poder sólo puede hacerse valer en el Parlamento Europeo si se unen en grandes grupos. Las candidaturas a nivel europeo harían perder poder a políticos de unos países en favor de otros: ni pensar, pues, en esta posibilidad. ¿Cómo presentar programas políticos a nivel europeo sin una fuerza política europea que los apoye?

Por otra parte, ¿alguien puede creer que, por ejemplo, a los poderes judiciales de cualquiera de los países les hace alguna gracia reducir sus competencias/poder en favor de tribunales superiores europeos? Ministerios, departamentos y organismos paraestatales nacionales comparten las mismas ideas y deseos. ¿Y sobre los ciudadanos, qué podemos decir? Los de los países más ricos suelen ver en una mayor integración europea, una posible pérdida de su nivel de bienestar, de sus niveles de educación y de sus formas de vida, y temen la libertad de movimiento de las personas, etc. Incluso los ciudadanos de los países más pobres, ansiosos de recibir subvenciones de Europa, también tienen sus miedos de perder sus específicas formas de vivir la vida. Hay mucho miedo a lo nuevo y las fronteras invisibles de los países son más fuertes que murallas de hormigón. Los medios de comunicación y los grupos creadores de opinión, y más los capitalinos de casi todos los países, no les va demasiado esa cosa de la integración europea. Se bastan y sobran para criticar a los partidos políticos, acusándoles de crear euroescépticos, mientras tanto, ellos dedican tiempos o páginas en difundir y comentar pequeñas anécdotas, salidas de tono o incluso estupideces que se dicen en las campañas electorales —véase última campaña española—, en vez de esforzarse en destacar las propuestas más serias de los candidatos más serios. No cabe duda que hay honrosas excepciones.

Permítanme que resuma en pocas palabras el quid de la cuestión: el aumento de poder del Parlamento y Gobierno de Europa exige la correspondiente pérdida de poder de los estados que la conforman. Este es el único camino, no por lógico y sabido, menos difícil.

Harán falta líderes europeos ilusionados por una gran Europa, como los hubo en tiempos pasados, que prediquen sus ventajas y que intenten derribar las fronteras invisibles pero efectivas de los estados —miedos, intereses, reacciones ante la pérdida de poder…—, para hacer puertas de paso a la Europa de los ciudadanos, agrupados en sus bases en unidades o áreas de mercado, geográficas, culturales, lingüísticas o de otros intereses que generalmente coincidirán con los estados actuales, o puede que no. El tiempo lo dirá.

En España, o lo que es lo mismo, Estado Español, la cosa se complica un poco más todavía por la estructura constitucional autonómica, que demanda reducir el poder del estado a favor de las autonomías y que hasta ahora ha funcionado relativamente bien. El café para todos nos ha llevado a tener muchos tipos de café: ya no nos gusta el café único, puesto que no es Colombia y además ranciea. Este tema daría para otro artículo que me reservo para más adelante.

*Escritor”

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