Malgastar el dinero público

malgastar

(A publicar al diari “La Comarca” d’Alcanyís)

José Miguel Gràcia

No hacen falta demasiados conocimientos económicos para saber que cuando una empresa, pequeña o grande, quiere llevar a término una inversión de aumento de capacidad o reducción de costes, debe realizar imprescindiblemente el correspondiente estudio económico en el que se confronta el importe de la inversión con los beneficios estimados anuales, producto de la misma. Sin entrar en más profundidades diré que dicho estudio nos dará la rentabilidad y el plazo de recuperación del capital invertido entre otros resultados. Si la rentabilidad fuese buena —un porcentaje superior al interés del capital, al menos— habría que ejecutar el proyecto. Contrariamente, si la rentabilidad fuese pequeña o ni siquiera se recuperase el capital, habría que desechar el proyecto.

Traigo todo esto a colación para referirme a las inversiones que han realizado las diferentes administraciones públicas en tiempos pasados y aún recientemente. Nadie me podrá negar que las decisiones de las grandes inversiones, aprobadas por los gestores públicos, obedecen la mayoría de los casos a criterios puramente políticos más que a estudios de rentabilidad económica o social, o estratégicos.  ¿Donde están los estudios económicos que deberían preceder a la construcción de aeropuertos sin estrenar o cerrados actualmente? ¿Alguien conoce las memorias económicas  —por ejemplo el número de pasajeros estimados— de los estupendos y, en la mayoría de los casos, nada rentables tramos de Alta Velocidad Española (AVE)? Claro, como el principal fundamento para su construcción fue la cohesión territorial de España, que pinta la rentabilidad en estos casos. Mientras tanto quedaron estancadas las vías de transporte de mercancías y los trenes de cercanías. No sé cual de las dos necesidades eran más imprescindibles para el desarrollo económico de nuestro país. ¡Cuántos tramos de carretera no se habrán construido o rehabilitado por el mero hecho de que el partido que aprobó las obras buscaba votos o recompensaba los obtenidos en un territorio concreto! La lista sería interminable.

Aquella teoría de que haciendo buenos polígonos industriales en cualquier parte y vías de comunicación para acceder a ellos, las inversiones e industrias ya llegarán después, no deja de ser un brindis al sol. La referida teoría adquiere valor solamente cuando va acompañada de una demanda real y efectiva de las estructuras industriales en el momento de llevarlas a término. Lo contrario produce abundancia de polígonos industriales vacíos o subocupados por todas partes, antes y después de la crisis. Repetiría el mismo razonamiento para tantas y tantas nuevas carreteras que conducen a ninguna parte.

Soy consciente de que no todas las inversiones públicas pueden estudiarse bajo unos criterios de rentabilidad económica, no obstante, en estos casos es más necesario aún un estudio cualitativo exhaustivo que las  justifique. Las decisiones que hacen referencia a la cohesión nacional o territorial, al bienestar de los ciudadanos, a una teórica demanda social, y a tantos otros conceptos abstractos, suelen ser meras decisiones políticas interesadas o de poco fundamento.

Si nos fijamos en las inversiones y obras de mejora en los ámbitos comarcales y locales, los ejemplos de inversiones innecesarias o carentes de rentabilidad económica y social se multiplican por doquier. Nos pueden servir de ejemplo la multitud de polideportivos sin uso en pequeñas poblaciones, bibliotecas cerradas que no prestan un libro al año, actuaciones urbanísticas donde la estética es una quimera entre tanto hormigón y asfalto, pseudocentros de interpretación cerrados a cal y canto, etc., etc. Para acabar les pondré un ejemplo bien actual para su consideración: en La Codoñera/la Codonyera se está construyendo un tanatorio. Su censo de habitantes no sobrepasa los 370, y se producen entre dos y cuatro fallecimientos al año, muchos de ellos en el Hospital de Alcañiz. Puede que, para no ser menos, alguna otra población vecina lo demande. La demanda social puede devenir incontenible.”

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