¿Y después de las vacaciones, qué?

(Article publicat avui a La Comarca)

                                                                                                       ” José Miguel Gràcia*

Estamos ya en período vacacional. De acuerdo con sus posibilidades económicas, la gente pasará sus vacaciones —seguro que más cortas que en otros tiempos— en la playa, en la montaña, en la casa del pueblo, en casa de unos familiares, fuera de España, o donde sea. Algunos millones se quedarán por obligación en su vivienda habitual. ¿Y cómo quedará el país? Puede bastar un ligero repaso, desde la más alta institución del Estado a una familia con todos sus miembros en el paro para darnos cuenta del país que nos va quedando, al cual intentaremos olvidar por unos días.

Un país con un 27 % de tasa de paro, record de toda Europa y de todos los países no subdesarrollados del mundo. Un país con un endeudamiento (público y privado) que crece día a día e imposible de devolver. Un país en el que se está pulverizando el Estado del bienestar con recortes en la sanidad, en la enseñanza, en la protección social, en los gastos de investigación, en la cultura en general, en los derechos laborales… Un país en el que no se invierte productivamente casi nada, pero que, por poner un ejemplo, todavía se gastan sumas inmensas en la construcción de líneas de AVE desde Madrid a donde sea, líneas que no tienen ningún sentido económico o social y son ruinosas. Eso sí, se justifican bajo el manto patriótico de la cohesión nacional, que no es otra cosa que el sempiterno centralismo capitalino. Un país con un gobierno que se presentó a las elecciones con un programa económico y social que no ha cumplido en ninguno de sus puntos (¿recuerdan como iba a disminuir el paro, como los impuestos iban a bajar y como las pensiones iban a subir?). Un país con un gobierno, con su presidente incluido, enfangado hasta las cejas por la magnitud de la corrupción, preso de lo que pueda decir un tal Bárcenas y de un “trasparente affaire” conocido como Gürtel, incapaz de dar la cara públicamente y tomar medidas drásticas y ejemplares en su seno. Mejor que desaparecieran de escena. Un país con una oposición que, aparte de sus propios problemas con la corrupción, no puede o no sabe presentar un programa alternativo al gobierno. La degradación política y moral del PP es espectacular, pero el PSOE muestra síntomas permanentes de agotamiento político. Miremos las encuestas de intención de voto y de valoración de los dirigentes. Un país que no ha sido capaz de atender las desafecciones y reivindicaciones de algunos territorios, más al contrario, las ha fomentado (menos el PSOE y más el PP).   Un país cuyo descrédito internacional lo puede constatar cualquier persona viajando al extranjero, o simplemente a través de los medios de comunicación de fuera de nuestras fronteras. Y aún así, se gastan dinero promocionando la marca España. Nunca el marketing, y menos aún el marketing malo, podrá vender un mal producto. ¡Que imagen pueden tener de esta España los ciudadanos de otros países!

Volveremos de vacaciones y el país estará igual, mejor dicho, peor. ¿Cuánto tiempo podrá aguantar la gente en este estado de crisis política, económica y social? Una cosa tengo bien clara: solamente votando cada cuatro años, y aún cambiando el voto hacia otro partido, no puede resolverse el “desaguisado” español. El cambio que ha de producirse —no tendría empacho alguno en llamarlo “revolución”, si no fuese por las connotaciones de violencia que esta palabra acarrea— habrá de ser, en todo caso, de una profundidad y amplitud inimaginables. Sea como fuere, el global de la ciudadanía habrá de implicarse como nunca lo hizo. Habrá que concebir la democracia como un proceso permanentemente reivindicativo y de control de los gobiernos en todos sus niveles, entendiendo el acto de votar como un acto más dentro del proceso. Habrían de llenarse  calles y plazas. Desde luego, sentados en el sofá de casa, viendo programas basura o pseudotertulias, con  críticas de café y esperando que todo lo solucionen los políticos, los cambios no van a producirse. O puede que sí, pero descontroladamente o hacia otra dirección. Si algo hay de cierto es que las nuevas generaciones tomarán algún día la riendas de la sociedad. Mejor que tiren la mahonesa al contenedor de residuos orgánicos y empiecen otra con un mortero nuevo, por supuesto. Atención ¡que los huevos sean frescos! Y si todo lo que he dicho fuese tan solo una quimera o deseo mío, poco compartido, producto de los calores estivales y de un pensamiento “juvenil” de setenta años…

A pesar de todo, o más allá de todo, no puedo menos que desear a los lectores unas felices vacaciones, dentro de lo que cabe, claro.

                                                                                                       *Economista y escritor”

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