Lejos queda la transición

transicion

(Article a publicar a “La Comarca” d’Alcanyís)

                                                                                                 “José Miguel Gràcia

Hace ya 35 años que está vigente nuestra Constitución, pero mucho han cambiado las cosas desde entonces. Que nuestro proceso de transición hacia la democracia fue un ejemplo de negociación positiva y de renuncia parcial de los principios e ideales de   todas las fuerzas políticas, nadie lo puede negar. No obstante, algunos renunciaron a menos cosas, entiéndase, los más vinculados al régimen franquista. El pueblo español, ávido de estructuras democráticas y de acuerdo con las circunstancias del momento, confió a los partidos políticos e incluso a los medios de comunicación, la administración del poder democrático en su mayor parte. El hecho de votar cada cuatro años parecía suficiente para convertirnos en una plena y auténtica democracia más. Treinta y cinco años es un largo período, suficiente para poner a prueba el espíritu de la transición. Creo sinceramente que lo que empezó muy bien, con el tiempo se fue difuminando, al olvidarse paulatinamente aquel espíritu constitucional. A fuer de repetir las excelencias ejemplares de nuestro proceso de cambio hacia la democracia y de nuestro desarrollo económico, fue pasando el tiempo y como teníamos los ojos mirándonos el ombligo, no fuimos capaces de dirigir nuestras miradas hacia el futuro.

Nuestro desarrollo económico, a parte del impulso de las divisas del turismo y de una industrialización casi siempre deficiente, se basó fundamentalmente en el boom inmobiliario. Como no teníamos suficiente dinero en el país para comprar lo que se iba construyendo y los productos de consumo que nos ponían delante de los ojos, lo íbamos pidiendo fuera. Los dos grandes partidos que se alternaron en el poder, con la ayuda esporádica de minorías territoriales, se fueron convirtiendo en aparatos de poder, cuyo mantenimiento iba prevaleciendo sobre las necesarias transformaciones sociales y económicas de la sociedad. No obstante, debo admitir que la izquierda dio pasos destacables en cuanto a derechos sociales y reformas progresistas que la derecha intentaba diluir cuando llegaba al poder. En algún momento nos creímos que con pertenecer a la Unión Europea, todo lo demás nos vendría por añadidura.

Dejemos el pasado y situémonos en el presente. La diagnosis de sus males nos debería ayudar  a levantar los ojos hacia el futuro. Para bien o para mal la crisis que padecemos se ha convertido en el reactivo que ha hecho precipitar la mayoría de nuestros problemas. La desafección de los ciudadanos respecto a la clase política nunca había sido tan alta, y sus causas son bien conocidas: distanciamiento de los partidos respecto a sus votantes, falta de democracia interna, listas cerradas, irregularidades en la financiación, corrupción, ley electoral… La Monarquía va perdiendo día a día la aceptación de los ciudadanos, los motivos son obvios. Hablar de la objetividad de los grandes medios de comunicación no deja de ser una broma. Aprovechando la crisis, los mayores responsables de la misma dicen a los gobiernos las medidas que hay que tomar: el poder político se ha rendido al poder financiero. Y qué decir del problemas del paro, de la aniquilación de nuestros derechos laborales y sociales, del desmantelamiento cultural, de la lentitud de la justicia, del gran endeudamiento del país, etc., etc.  El café para todos del sistema autonómico, se ha convertido en un galimatías: el gobierno y los medios afines del Madrid capitalino reclaman la recentralización de competencias, unas autonomías están dispuestas a cederlas, otras reclaman más, Cataluña va camino de la independencia. También en este punto el PP ha destacado por sus ideas de centralismo atávico, disfrazado de patriotismo.

Pero lo peor de todo es que no tenemos modelo de futuro, ni social, ni económico, ni político. Los ciudadanos, sobre todo los jóvenes, están perdiendo la esperanza de poder vivir en un país normal.

 Necesitamos un gran cambio que solo la voluntad mayoritaria de los ciudadanos puede hacer, u obligar a hacer a los dirigentes políticos. La sociedad debe despertar de su letargo. La protesta pasiva no es suficiente. Por supuesto, lo que se necesita no es una nueva transición, el cambio que precisamos se debe parecer más a un cambio de modelo social y político global, una revolutio (“una vuelta”). Para acabar les dejo una pregunta a modo de reflexión: ¿Y si el proceso hacia la independencia que Cataluña está empeñada en hacer, se convirtiese en el acelerador del gran cambio que necesita España?”

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