La independencia de Cataluña, las cosas por su nombre

Article del Diario de Teruel                                                                                           

Quieren romper España. Quieren dividir, o ya han dividido, Cataluña en dos bandos. El desafío secesionista. La ensoñación imposible de Más (supongo que ahora será de otro teniendo en cuenta la tabarra que dieron). Una excusa para ocultar la corrupción. Quieren cargarse la Constitución que nos dimos en 1978. El órdago soberanista. El separatismo insolidario catalán. Los que quieren quebrar la soberanía nacional no lo conseguirán. La democracia consiste primordialmente en cumplir la Constitución y las leyes, por lo tanto nunca Cataluña se separará de España, si el resto de españoles no lo quiere. Hay familias en Cataluña divididas por el deseo secesionista. La aventura independentista imposible. La ruptura de la convivencia es el resultado del engaño separatista. El nacionalismo siempre ha querido destruir España. Podría llenar todo este escrito con frases más o menos equivalentes a las anteriores, pero creo que ya son suficientes. Fíjense lo fácil y directo que es definir lo que está pasando en Cataluña: alrededor del cincuenta por ciento de los catalanes quieren la independencia, o lo que es lo mismo, un estado propio, una república. Bien es verdad que últimamente la palabra independencia se va colando progresivamente dentro del unionismo o nacionalismo español. De las causas históricas o recientes se ha escrito tanto que no vale la pena hacerlo más, es una pérdida de tiempo. El deseo de independencia es creciente, y más lo será a medida que la vieja generación –sobre todo la procedente de la inmigración española– vaya dejando paso a la nueva. Y más se incrementará su crecimiento cuanto más tarden los partidos y las instituciones españolas en reconocer y aceptar la situación. La posibilidad de negociar un referéndum aceptado por ambas partes, hoy por hoy, es una quimera, a pesar de que recientemente algún partido español lo incluya, es un decir, en sus programas. No olvidemos que el resto de partidos no lo quiere y la mayoría de los españoles tampoco, frente a un setenta por ciento de catalanes que si lo quiere, aunque con ciertos matices diferenciadores.

       España es un país poco acostumbrado a la negociación y al pacto político, así lo corrobora la historia. Utilizar la Constitución y las leyes como muro de contención de las aspiraciones políticas de una parte importante del país, no conduce a la solución del problema, sino todo lo contrario. Es bien cierto que la Constitución y las leyes se pueden cambiar, pero para ello hace falta también voluntad política. Frases como “ni puedo ni quiero” son bien expresivas del carácter negociador de la clase política española y de la concepción unitaria de España. Por el contrario, si aplicásemos aquello de “el que quiere, puede”, las cosas serían bien diferentes.

       Lo curioso del caso es que, al margen de los deseos de independencia de los catalanes y del rechazo absoluto que producen las palabras “federal” y “asimétrico”, España es un país federal de hecho; y no solamente eso, es un país federal bien asimétrico. Díganme sino por qué unas autonomías, nacionalidades dice la Constitución, tienen más competencias que las otras. Y si les parece poco, ¿no es una gran asimetría el sistema de conciertos económicos del País Vasco y Navarra y la especial fiscalidad de Canarias? ¿No les parece también de una gran asimetría el hecho de que ciertas autonomías o nacionalidades son siempre aportadoras fiscales sin considerar la ordinalidad resultante. Cataluña ha pasado página y busca la solución por un camino propio. No cabe duda que una gran parte de españoles no está de acuerdo y que la “brunete mediática” y la mayoría de medios españoles predican su más fuerte oposición día a día. El caso es que, avanzado el siglo XXI y en la Europa democrática, no cabe el empleo de la fuerza. Entiendan lo que quiero decir: la Brunete militar, la división Acorazada nº 1, no puede entrar un día por la Diagonal de Barcelona.

       El Reino de España tiene una deuda pública que supera su PIB, es decir, más de un billón de euros, este año ha de renovar unos cuatrocientos mil millones; tiene un déficit que hay que cubrir con dinero del BCE; una tasa de paro del 23 por ciento –en algunas partes superior al 33 por ciento; una inestabilidad política producto del 20D; etc., etc.

¿Cual es la fuerza real de España en el contexto europeo y mundial? Recordemos que tras una llamada de la UE se cambió en una noche el artículo 135 de la Constitución, haciendo trizas el apartado 1, del artículo 1 del Título Preliminar: España se constituye en un Estado social y democrático de Derecho…” ¿En un futuro, habrá más llamadas de la UE, del BCI o de Merkel? ¿Tendrán los prestamistas del Reino de España más garantizados sus préstamos en una España unificada a la fuerza o repartidos en una España y una Cataluña separadas?

José Miguel Gràcia

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